créditos: Reprodução

Siempre me gustaron las aventuras

Noche caliente de luna llena, estaba con faldita corta y tacones. Aquel día salí con algunas amigas, fuimos a un conocido bar de la ciudad (detalle, una ciudad pequeña del interior), bebimos un poco, conversamos, nos divertimos.

Cuando bebo me pongo un poquito cachonda. Tomé mi móvil, fui al baño, me quité las braguitas, negras y de encaje. Hice una foto y se la mandé a Eduardo. Hacía un tiempo que salíamos, nos lo pasábamos muy bien. Sus manos me ponían a mil, grandes, al igual que su voz grave y su piel morena.

Tras unos minutos, vi que el miraba la foto y me respondió…: “¡Quiero sentir tu boca caliente en mi cuerpo!”. Con eso me dejó totalmente mojada, le dije que viniera…

Bebí un poquito más, bailé un poco, hasta que llego un mensaje. Había llegado. Entre en el coche, me besó el cuello y respiro mi piel hasta los hombros, mientras me decía:

“Pensé hacer algo en un motel…”

Me quedé curioso y aumentó mi deseo.

Me llevó hasta el lago de la ciudad, donde hay un bosque y una plaza. Como ya era tarde, aparentemente, no había nadie. Paramos el coche en un lugar oscuro y silencioso. Eduardo era más mayor, me sujetaba con fuerza, ¡me encantaba!

Nada más parar el coche le quité la camisa, delicadamente, observando su pecho, con la luz de la luna, me besó y mordisqueó los senos, dejándome con muchas, muchas ganas. Le dije:

“¡Quiero que me folles en el capó del coche!”. Entonces, él respondió:

“¿En serio?”, mientras sonreía con malicia.

Salió del coche, abrió mi puerta y me cogió en brazos, con mis senos en su rostro, que él besó y lamió sin usura. Me puso sobre el capó y me chupó entera, con su boca caliente… y me corrí… Quería más, le quería dentro de mí.

Me incliné un poco más mientras se ponía el condón. Miraba su pene erecto. Empezó a penetrarme lentamente, y poco a poco, aumentó la intensidad, al igual que mis gemidos.

Con una de las manos me tocaba y con la otra sujetaba su cadera, empujándole hacia mí. De repente escuchamos un barullo, asustados caminamos hacia los árboles, despacio para no hacer ruido. Entonces Eduardo dijo:

“Si alguien nos ve aquí, sin ropa, va a ser la noticia de la ciudad. Quédate quieta.”

Solo de recordarlo ya tengo ganas de reír. Nos quedamos atrás de algunas plantas, mirando. Y entonces descubrimos que era solo un gato, buscando comida. Al ver al gato, no me contuve, y empecé a reírme. Me tapó la boca y me dijo:

“Te dije que te comportases, y no obedeciste…”. Al final soltó una risilla pícara…

Enseguida me puso contra el árbol, me abrió las piernas y empezó a besarme la espalda, mientras tocaba mi vagina totalmente mojada. Y yo ya no aguantaba más…

Le tomé de sus cabellos y lo traje hacia mi boca, dándolo un beso muy caliente, e intenso. Sujeté sus caderas mientras me apoyaba en el árbol, de espaldas. Empiné mi culito y comencé a contornearme, pegada a él.

Entonces, me colocó dentro la punta de su pene mientras preguntaba:

“¿Es lo que quieres?”

Le respondí, en su oído, con la voz más dulce que pude:

“¡Quiero más, quiero que te corras dentro de mí!”

Me penetró suavemente. Besaba mi cuello y sujetaba mis tetas, la respiración ahogada y los gemidos se mezclaban. ¡Nos corrimos a la vez! Cada encuentro era mejor, sabía cómo hacerme gozar.


Stephany


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